IV — Un estado mínimo para una sociedad plural

Chapitre IV

UN ESTADO MÍNIMO PARA UNA SOCIEDAD PLURAL: SEPARAR LA SOLIDARIDAD DE LA COACCIÓN

4.1 — Introducción: salir de la solidaridad impuesta

El Estado-providencia moderno descansa en una idea implícita pero absoluta:

La solidaridad debe ser decidida por el Estado e impuesta uniformemente a todos.

Incluso cuando es democrático, este modelo produce un sistema centralizado, uniforme y obligatorio, del que nadie puede salir. Esto genera tensiones crecientes:

  • ciudadanos que rechazan adherirse al sistema y ya no desean contratar con el Estado,
  • individuos que querrían más solidaridad pero bajo una forma diferente,
  • grupos que desean organizar su propia protección social sin imponerla a los demás,
  • una conflictividad permanente entre visiones “de derechas” y “de izquierdas”.

De ahí la pregunta fundacional:

¿Debe ser la solidaridad un monopolio del Estado?

El modelo presentado en este manifiesto responde claramente: no.


4.2 — El principio fundador: disociar el Estado de la solidaridad

La idea central es simple:

El Estado protege los derechos; la sociedad organiza la solidaridad.

Este principio permite distinguir dos funciones que a menudo se confunden:

  1. El rol soberano del Estado:

    • garantizar las libertades,
    • arbitrar los contratos,
    • asegurar la seguridad,
    • mantener el marco jurídico común.
  2. La solidaridad, que no tiene por qué ser impuesta por ese mismo Estado.

El Estado mínimo no suprime la solidaridad: deja de imponerla, para dejar que los individuos y los grupos la organicen ellos mismos, libre y contractualmente.

El Estado se convierte en un garante neutro, ya no en un organizador central de la vida social.


4.3 — El Estado mínimo no es un “no-Estado”: permite todos los modelos

El Estado mínimo conserva funciones esenciales:

  • derechos fundamentales,
  • justicia,
  • seguridad,
  • contratos,
  • soberanía monetaria,
  • infraestructuras mínimas.

Lo que ya no hace:

  • imponer un modelo de redistribución,
  • definir una visión de la “buena solidaridad”,
  • ahogar las alternativas comunitarias o voluntarias,
  • encerrar a todos en un sistema uniforme.

Así, un mismo país puede acoger:

  • individuos independientes y autónomos,
  • pueblos mutualistas,
  • kibutzim modernos,
  • cooperativas igualitarias,
  • comunidades religiosas o filosóficas,
  • estructuras liberales o empresariales,
  • federaciones de pueblos,
  • asociaciones de colectividades.

El Estado no elige la mejor forma de sociedad. Garantiza la posibilidad de todas estas formas.

Un Estado mínimo permite una sociedad máxima.


4.4 — La solidaridad voluntaria: contractual, diversa, reversible

En este modelo, la solidaridad vuelve a ser:

  • voluntaria — se adhiere a ella por elección,
  • contractual — las reglas son explícitas y aceptadas,
  • pluralista — varios modelos coexisten,
  • reversible — se puede salir de ella,
  • adaptada a los valores de los miembros — cada grupo define su visión.

Esto autoriza:

Comunidades más “de izquierdas” que el propio Estado — kibutzim, cooperativas integrales, pueblos mutualistas donde todo se comparte.

Modos de vida más “de derechas” — individualistas, basados en la propiedad privada, con una mutualización mínima.

Y todos los matices intermedios — cada colectividad define libremente su nivel de redistribución, su protección social interna, sus reglas de vida, su organización económica.

El Estado ya no impone un modelo universal: garantiza la libertad de experimentarlos.


4.5 — El derecho de salida: piedra angular del pluralismo

El principio esencial de este sistema es:

Nadie puede ser retenido en una colectividad contra su voluntad.

Cuando una persona abandona una comunidad:

  • conserva sus bienes personales,
  • guarda el fruto de su trabajo,
  • no es penalizada por su partida,
  • puede unirse a otra colectividad o vivir sola.

Cuando un pueblo abandona una federación:

  • puede conservar sus infraestructuras propias,
  • debe negociar sobre los bienes comunes (ej. la tierra),
  • un tribunal independiente arbitra en caso de desacuerdo.

Este mecanismo garantiza:

  • la libertad individual,
  • la protección de los bienes,
  • la limitación de los abusos colectivos,
  • la compatibilidad entre solidaridad y libertad.

Sin derecho de salida, la solidaridad se convierte en servidumbre. Con él, sigue siendo una elección.


4.6 — Jurisdicción fractal: colectividades, federaciones, meta-colectividades

El modelo propone una arquitectura policéntrica y fractal:

  • una colectividad puede contener otras colectividades,
  • varios pueblos pueden formar una federación,
  • varias federaciones pueden formar una unión,
  • estas uniones pueden cooperar o escindirse libremente.

Cada entidad posee:

  • su personalidad jurídica,
  • su contrato de adhesión,
  • su derecho de salida,
  • su autonomía interna.

Nada impide:

  • que una colectividad englobe a otra (con su consentimiento),
  • que una asociación de colectividades sea ella misma una colectividad,
  • que una federación evolucione o se divida.

Ya no es un Estado piramidal: es una sociedad orgánica, flexible y autoorganizada. La subsidiariedad ya no es un principio abstracto — se convierte en la estructura misma del sistema.


4.7 — Los kibutzim como ejemplo extremo hecho compatible con un marco liberal

Históricamente, los kibutzim israelíes han demostrado que:

  • la solidaridad voluntaria puede ser muy fuerte,
  • las comunidades colectivistas pueden prosperar,
  • la ayuda mutua puede reemplazar gran parte de las instituciones públicas.

Pero vivían en un Estado que imponía además su propio modelo de solidaridad.

El modelo presentado aquí ofrece un marco inédito:

Las comunidades colectivistas pueden existir sin depender del Estado y sin imponerlo a los demás.

Se convierten en:

  • contractuales (se entra voluntariamente),
  • autónomas (definen sus propias reglas),
  • evolutivas (pueden cambiar),
  • compatibles con un entorno liberal.

Así, una comunidad puede ser profundamente colectivista, mientras que el país en el que se encuentra no lo es en absoluto.

Es este espacio de libertad el que hace coherente el modelo: cada uno vive según sus convicciones sin imponerlas a los demás.


4.8 — Más allá del clivaje izquierda-derecha

Este modelo no elige entre la derecha y la izquierda: desplaza la cuestión.

  • La derecha ya no puede imponer su modelo económico a nivel nacional.
  • La izquierda ya no puede imponer su modelo social a todo el país.
  • Ambas pueden existir, pero localmente y voluntariamente.

La política deja de ser una guerra por el control del Estado, y se convierte en una libertad de elegir su modo de vida.

Los desacuerdos ya no se imponen por la fuerza de la ley nacional: se despliegan en proyectos concretos, experimentados por quienes los desean, observados por quienes dudan.

La democracia nacional arbitra las reglas del juego común (derechos fundamentales, justicia, seguridad). Ya no arbitra el contenido de la vida social.


4.9 — Una sociedad más estable porque más diversa

Un sistema pluralista reduce naturalmente:

  • la polarización (ya no hace falta convencer al 51% del país),
  • la frustración (cada uno puede vivir según sus valores),
  • la conflictividad social (menos en juego en las elecciones nacionales),
  • la dependencia de un modelo único (si un modelo fracasa, otros sobreviven),
  • la obligación de “convencer a todo el país” antes de actuar.

Las comunidades:

  • innovan (prueban soluciones nuevas),
  • cooperan (intercambian buenas prácticas y recursos),
  • compiten positivamente (las mejores atraen miembros),
  • aprenden unas de otras (el fracaso de una es la lección de todas).

La diversidad de estructuras locales produce una resiliencia sistémica superior a la de un Estado-providencia centralizado. Un choque que destruiría un sistema uniforme solo destruye algunos modelos en un sistema plural.


4.10 — Conclusión: la libertad de elegir su sociedad

El modelo propuesto puede resumirse así:

El Estado protege. Las comunidades eligen. Los individuos deciden.

Al separar la solidaridad de la coacción estatal, este sistema permite finalmente a los ciudadanos:

  • vivir según sus valores,
  • experimentar formas sociales variadas,
  • participar en comunidades que se les parezcan,
  • o vivir sin colectividad,
  • sin jamás imponer su elección a los demás.

Es la filosofía central de este manifiesto: una sociedad verdaderamente libre es una sociedad que permite varias maneras de ser libre.

El siguiente capítulo detalla lo que hace el Estado — y sobre todo lo que no hace.

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