I — El diagnóstico
Chapitre I
EL DIAGNÓSTICO: POR QUÉ TODO ESTÁ ROTO
Mire a su alrededor. Deuda abismal. Inflación que corroe los salarios — ese impuesto invisible que nadie votó. Fiscalidad asfixiante. Burocracia que prolifera como hiedra en un muro. Y gobernantes que parecen vivir en otro planeta.
Estos síntomas tienen una causa común: el Estado no tiene límites. No tiene verdaderos límites. No hay muros que no pueda atravesar.
El ciclo es inmutable. Un gobierno es elegido con promesas. Estas promesas cuestan caro. El dinero viene de los impuestos, pero subirlos es impopular. Entonces se pide prestado. La deuda se acumula. Para pagarla — o fingir hacerlo — se imprime moneda. La inflación se instala. El poder adquisitivo se desvanece. Los ciudadanos reclaman ayudas. El Estado crece. Y la rueda gira, una y otra vez. No es una conspiración, es un mecanismo — lo que los sociólogos llaman consecuencias no intencionales [9]: cada decisión es localmente racional, pero el encadenamiento produce un resultado que nadie quiso. Añádanse los límites cognitivos frente a los sistemas complejos [10], y se obtiene una máquina que se desboca sin piloto.
Figure 1.2 — La espiral del endeudamiento
Mientras tanto, el ciudadano vota una vez cada cuatro o cinco años. Luego observa, impotente, cómo sus representantes pisotean sus compromisos. Sin recurso. Sin medio para sancionar antes del próximo mandato. El contrato democrático se ha convertido en un cheque en blanco.
El libertarianismo puro propone una solución radical: reducir el Estado al mínimo estricto, incluso suprimirlo. Seductor en el papel. Pero esta visión se estrella contra realidades tercas. Ciertas funciones no pueden ser asumidas solo por el mercado. Ciertas inversiones no interesan a ningún actor privado. Ciertas personas, sin estructura de apoyo, serían abandonadas en la calle.
Hay que pensar de otra manera. No un Estado mínimo por principio, sino un Estado limitado por arquitectura. No la ausencia de poder público, sino su encuadramiento tan estricto que ya no pueda desbordarse. No el fin de la democracia, sino su transformación en control permanente.
Este es el objeto de este manifiesto.